era cierta.
Así que no intenté convertir aquella llamada en una alianza.
—Gracias por los archivos —dije.
—Mariana, yo de verdad pensé que tú sabías.
—Elegiste creerle a un hombre casado que acababa de tener una hija con su esposa.
No respondió.
—Pero él también te mintió —añadí—. Las dos cosas pueden ser ciertas.
Terminamos la llamada sin insultos y sin promesas de amistad.
Eso fue todo.
Durante los días siguientes empecé a separar lo urgente de lo doloroso.
Lo urgente era Renata.
Sus horarios.
Sus gastos.
La casa.
Las