dijo que yo estaba exagerando.
No culpó a Daniela.
No mencionó la depresión que nunca tuve.
Solo asintió.
Meses después, mi vida no se parecía a la imagen triunfal que algunas personas imaginan cuando escuchan una historia así.
Seguía cansada.
Seguía despertándome de madrugada por Renata.
Todavía había conversaciones incómodas sobre horarios, gastos y responsabilidades.
Había días en los que recordar aquella llamada me apretaba el estómago.
Pero ya no revisaba la puerta esperando a un hombre que decía estar en una junta inexistente.
Ya no necesitaba interpretar el perfume