El regalo hecho a mano

entre sus dedos callosos había una pequeña figura de madera intrincadamente tallada. No era sólo un simple bloque de madera. Era una réplica en miniatura del viejo columpio de madera del porche que colgaba afuera de la casa de nuestra abuela —el mismo lugar donde solíamos sentarnos juntos todas las noches de verano cuando el sol se ponía bajo las colinas, comiendo sandía y

riéndonos hasta que nos dolía el estómago.

 

 

En la pantalla detrás de él, la fotografía se enfocaba de forma nítida y clara. Era una