mi amiga Lucía, a quien le acababan de extirpar el apéndice. Estaba de pie frente a la cafetera, apretando botones, pero no salía café. Un hombre con uniforme verde, que estaba detrás de mí, se inclinó sobre mi hombro y golpeó el lateral de la máquina con la palma de la mano.
El café se vertió en mi taza.
“Hay que demostrar quién manda”, dijo.
Tenía el pelo oscuro y rizado, la nariz torcida y los ojos más bondadosos que jamás había visto. Marrones, con pequeños