palma de la mano. Estaba abrigado con capas gastadas, con la barba desordenada. Tenía aspecto de vivir en la calle.
Y llevaba puesta la chaqueta de mi hijo.
No una parecida. La chaqueta. La misma. Reconocí de inmediato el parche en forma de guitarra que yo misma había cosido a mano sobre la manga rasgada, la mancha de pintura azul en la espalda que quedó de aquella vez que Daniel intentó pintar una repisa a los doce años. El corazón se me detuvo por un instante y después empezó a
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