Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué verdad, hija? —susurré.
Con las manos temblando, continué.
“Mamá, durante toda mi vida intenté protegerte de preocupaciones. Sé que siempre pensaste que yo tenía una vida perfecta. Un buen esposo, una casa bonita y una familia feliz. Pero hay cosas que nunca te conté.”
Sentí un nudo en la garganta.
Porque como madre,
uno cree conocer cada parte de sus hijos.
Sus alegrías.
Sus miedos.
Sus problemas.
Pero aquella carta me estaba mostrando que mi hija había cargado algo sola durante mucho tiempo.