comportamiento se volvió cada vez más extraño. A veces Daniel llevaba a Lily a la cocina, a un rincón de la sala o cerca de las escaleras. Le susurraba unas palabras y le pedía que las repitiera. En cuanto notaban mi presencia, ambos fingían que no había ocurrido nada.
Una noche, entré en la habitación de Lily y la encontré de pie frente al espejo, repitiendo algo en voz baja.
—¿Qué estás haciendo, cariño?
Se dio la vuelta nerviosa y escondió rápidamente las manos detrás de la espalda.
—Nada.
—¿Papá