cena.
Los insultos.
La caída.
El teléfono roto.
La negativa de David a pedir ayuda.
Las amenazas.
Cuando terminó, el detective cerró su libreta.
—¿Había testigos?
—Más de veinte personas.
—¿Cámaras?
Pensé.
—David tiene cámaras interiores.
Ella levantó la mirada.
—¿Dónde?
—Entrada, comedor, pasillo y cocina.
La expresión del detective cambió.
David había instalado aquellas cámaras porque desconfiaba de los empleados domésticos.
Ahora podría convertirse en la prueba que más temía.
A la mañana siguiente, Martin Cole pidió verme.