presidente del Tribunal Supremo del estado.
La sonrisa de David desapareció.
No hubo tiempo para más.
Minutos después llegaron los servicios de emergencia y agentes locales.
David intentó acercarse.
—Soy su esposo. Iré con ella.
—No —dije.
Fue la primera vez que aquella palabra salió de mi boca sin miedo.
Uno de los agentes se colocó entre nosotros.
Sylvia comenzó a llorar.
—¡Fue un accidente!
Nadie discutió con ella.
Las explicaciones se vendrían después.
En