significaba algo completamente distinto.
Durante años había operado bajo estrictas cláusulas de confidencialidad.
Presidentes de compañías.
Diplomáticos.
Magnates.
Niños de familias capaces de comprar hospitales enteros.
Nunca permitía fotografías durante las cirugías y rara vez concedía entrevistas.
Por eso los medios terminaron poniéndome un apodo:
La Cirujana Fantasma.
No me gustaba.
Pero tampoco me molesté en desmentirlo.
Esa tarde regresé
al hospital donde trabajaba en Chicago y me encerré en mi oficina.
Apagué el teléfono.
O eso intenté.
Apenas habían pasado veinte minutos cuando alguien golpeó la puerta.
Era mi