cuestión personal —continué—. Una operación de este nivel requiere confianza absoluta entre el equipo, la familia y el cirujano. Esa confianza desapareció.
Entonces mi teléfono empezó a vibrar.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Veintitrés llamadas perdidas.
Todas desde números desconocidos.
Daniel miró la pantalla.
—Supongo que ya descubrieron algo.
Yo también lo supuse.
A más de mil kilómetros de distancia, el caos acababa de comenzar.
El jet comercial aterrizó en Nueva York a las 5:47 de la tarde.
Ethan Walsh fue el primero en bajar.
Tenía treinta años,