ME BAJARON DEL AVIÓN PARA CEDERLE MI ASIENTO A UN MILLONARIO… SIN SABER QUE YO ERA LA ÚNICA PERSONA QUE PODÍA SALVARLE LA VIDA

Nunca había estado en Nueva York.

Nunca había volado sola.

Tenía miedo durante el despegue.

Le ofrecí mi mano.

—¿Usted viaja por trabajo? —preguntó.

—Sí.

—¿A qué se dedica?

Sonreí.

—Soy médica.

—Qué bonito.

Y eso fue todo.

No supo quién era.

No buscó mi nombre.

No pidió fotografías.

No sabía que un año antes mi cara había aparecido en millones de pantallas.

Para Margaret yo era simplemente la mujer sentada en el

asiento 34B.

Y, curiosamente, me gustó.

Porque aquella experiencia me había enseñado algo que jamás olvidaría.

La