Parte 2: La casa que ya no podían quitarmekara

crié se había convertido en un adulto capaz de dañarme.

Pero no permití que esa tristeza se volviera una excusa para perdonarlo antes de tiempo.

Durante meses, Mauricio solo pudo comunicarse conmigo mediante abogados.

La primera vez que pidió hablar, Teresa me preguntó si quería responder.

—No todavía.

La segunda vez, accedí a una videollamada breve.

Él se veía distinto.

Más delgado. Menos seguro.

—Mamá, lo siento —dijo.

Esperé.

—No hay un día en que no piense en lo que hice.

—Eso no es una disculpa completa.

Sus ojos se