entregado al guardia Harold.
La había guardado como recuerdo.
Solo decía:
“Si todavía existe alguien dispuesto a escuchar la verdad, llame a este número.”
Harold nunca pidió una recompensa.
Cuando fui a darle las gracias, respondió con una sonrisa.
—Solo hice lo que cualquier persona honesta habría hecho.
No.
Pensé mientras me marchaba.
No cualquiera se detiene a escuchar cuando todos los demás ya decidieron quién es el culpable.
Y a veces basta con que una sola persona escuche… para que toda una mentira se derrumbe.
Fin.