saliendo
de una consulta médica.
Fue entonces cuando descubrió la verdad.
—Lucía llegó a casa llorando aquella noche —me contó Elena—. Me dijo que Caleb estaba enfermo y que tenía miedo de perderlo.
Sentí que aquellas palabras me atravesaban.
Dos jóvenes de apenas dieciocho y diecinueve años habían estado intentando protegerse mutuamente mientras sus propios cuerpos les recordaban que el futuro no estaba garantizado.
Seguí leyendo.
“Le pedí a Lucía que prometiera algo. Si yo empeoraba, ella no podía dejar de luchar por su propia vida.”
Caleb había escrito debajo:
“