Luego otro.
Y otro.
Cerré los ojos.
No era Caleb.
Lo sabía.
Aquella era la vida de Lucía, su cuerpo y su futuro.
Pero aquel corazón había acompañado a mi hijo durante diecinueve años.
Había latido cuando dio sus primeros pasos.
Cuando empezó el colegio.
Cuando me abrazó después de la muerte de su padre.
Cuando conoció a Lucía.
Y ahora
a “nunca me debes nada”, Lucía se cubrió la cara con ambas manos.
Esperé.
Después de unos minutos, me preguntó:
—¿Está enfadada conmigo?
La pregunta me rompió por dentro.