que ese era precisamente el final que mi hijo habría querido.
No una madre atrapada en el pasado.
No una joven viviendo con culpa.
Sino dos familias que habían aprendido a
convertirse en una sombra que siguiera a Lucía para siempre.
Quería darle permiso para dejarlo ir.
Aquella tarde, antes de marcharme, entré sola en la pequeña capilla del hospital.
Me senté en el último banco.
Saqué del bolso la carta original de Caleb. La había leído tantas veces que los pliegues comenzaban a desgastarse.
Pasé los dedos por aquellas