responder, escuchamos un automóvil detenerse cerca.
Andrés me tomó del brazo.
—Tenemos que seguir.
Pero yo me negué.
—No.
—¿Qué haces?
—Quiero saber dónde está mi esposo.
Andrés guardó silencio.
—No me importa quién nos persiga. No me importa lo que hayas ocultado. Quiero verlo.
Finalmente, Andrés asintió.
—Está bien.
Sacó un teléfono.
Marcó un número.
Esperamos.
Una llamada.
Dos.
Tres.
Entonces alguien contestó.
Andrés no dijo nada.
Simplemente me entregó el teléfono.
Escuché una respiración.
Y entonces…
—¿Eres tú?
Me quedé paralizada.
Era su voz.
La voz que había