la sala murmuró:
—¿Será que se quedó sin dinero?
Otro se burló:
—Por favor. La familia Lancaster tiene dinero para comprar medio Manhattan.
Yo seguí mirando el palco.
Adrian ya no sonreía.
Mia ya no se atrevía a respirar fuerte.
La farsa romántica se había convertido en una jaula.
El subastador comenzó la cuenta atrás.
—Diez… nueve… ocho…
En el último segundo, el asistente gritó con voz temblorosa:
—Cuarenta y cuatro millones cuatrocientos cuarenta mil.
La sala quedó muda.
Yo sonreí y levanté la paleta una vez más.
—Cuarenta y