al palco ocho.
Esta vez Adrian no envió al asistente.
Él mismo apareció al borde del reservado.
La sala lo vio.
Impecable.
Rígido.
Sonriendo apenas, como si todo fuera parte de un juego de poder que aún controlaba.
—Noventa millones —dijo.
No siguió la regla de los 5.2.
La rompió.
Un murmullo atravesó el salón.
El subastador dudó.
—Señor Lancaster, la cobertura registrada establecía…
—Dije noventa millones.
Su voz tenía autoridad.
Pero yo escuché la grieta.
Adrian estaba intentando recuperar la narrativa. Cambiar los números malditos por una cifra