a casa?
Esa palabra me rompió.
Casa.
¿Qué casa?
La casa donde vivíamos ya no era mía. O más bien, nunca lo fue. Pertenecía a la madre de Rodrigo, y durante años me hicieron sentirlo en cada plato, en cada pared, en cada esquina. Yo no había construido una casa; Él había ocupado un espacio prestado bajo la supervisión de otros. Lo entendí de repente, con una claridad humillante.
Presioné a mi hija contra mí y le mentí con la única ternura que me quedaba.
—Sí, mi amor. Nos vamos.