se llevó una mano al pecho.
—Ofelia, esa casa ni siquiera es de Sergio.
—¡Pero es su esposa! —contestó ella—. Lo de uno debe servir para todos.
—No —intervine—. Lo que mi padre construyó durante cuarenta años no existe para pagar las apuestas de Iván ni para comprarle una imagen frente a la familia de Fernanda.
Iván golpeó la mesa.
—¡Yo no aposté! Fueron inversiones que salieron mal.
Saqué dos mensajes impresos de sus acreedores y el audio donde admitía la deuda.
—Ochocientos cincuenta mil pesos. Tres préstamos con intereses.