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Me dijeron que habían muerto mientras dormían, como si esa frase pudiera convertir en misericordia lo que aún sentía como una herida abierta en el pecho.
Me llamo Clara, y hasta esa mañana todavía intentaba caminar sin romperme en mil pedazos.
En aquel momento no era una mujer fuerte.
Era una madre exhausta, apenas sostenida por un café frío,
una medicación contra la ansiedad mal tomada y la mínima respiración necesaria para sobrevivir cuando tienes una hija de cuatro años