reservadas con tanto cariño, le devolvían un vacío doloroso. Todos los demás niños tenían padres orgullosos entre el público, con ramos de flores y cámaras de fotos. Mateo no tenía a nadie.
Desde los cuatro años, había pasado de una familia de acogida a otra. Hacer maletas era lo único que realmente sabía hacer bien. Hace seis meses, se había mudado a vivir con Alejandro y Lucía. Era la primera vez en su vida que se sentía verdaderamente a salvo.
Pero Mateo tenía un gran problema: sufría de una dislexia