personal que había acudido por la llamada.
La casa dejó de ser la escena que Teresa había preparado.
Ya no importaban las copas, el vestido rojo ni las mesas llenas de comida.
Importaban las manos de mi hija.
Uno de los primeros en acercarse se agachó para quedar a la altura de Sofía y le pidió que mostrara las palmas.
Ella dudó.
Miró primero a su abuela.
Ese gesto me partió.
—Puedes enseñarlas —le dijo Valeria con suavidad.
Sofía abrió las manos.
La piel estaba roja y sensible,