frente a sus invitadas—. Ahí no hay nada que te importe.
Esa frase hizo que mirara otra vez a mi hija.
Sofía no estaba viendo a su abuela.
Estaba viendo la gaveta.
—Sí me importa —respondí.
Teresa apretó los labios y metió una mano en el bolsillo de su vestido rojo.
Cuando la sacó, tenía una llave pequeña entre los dedos.
Ahí entendí algo que hasta ese momento no había querido pensar: mi madre no solo sabía qué había dentro.
Ella era quien podía abrirlo.
Detrás de nosotros, las