mi esposa que me perdonara.
Le dije que le creía.
Y le dije que Teresa no volvería a quedarse en el departamento.
Valeria tardó en responder.
—No quiero que lo hagas solo porque estás enojado hoy.
—No.
—Porque mañana puede llorar. Puede decir que está enferma. Puede decir que no tiene a dónde ir.
Sabía por qué me lo advertía.
Mi madre conocía todos los botones que debía presionar conmigo.
—Entonces mañana también se va —dije.
A la mañana siguiente regresé solo al departamento.
Las mesas plegables seguían abiertas.
Había