que antes me parecían normales.
Mi esposa pedía permiso para comprar cosas pequeñas con dinero de nuestra propia casa.
Se disculpaba cuando dejaba una taza en la mesa.
Sofía miraba hacia la puerta antes de decir que no quería terminar la comida.
Teresa ya no estaba, pero algunas de sus reglas seguían viviendo con nosotros.
No podíamos borrarlas con una conversación.
Así que empezamos por cosas simples.
Nadie se quedaba sin cenar como castigo.
Sofía no tenía que hacer tareas domésticas que pudieran lastimarla.
Ayudar era una opción adecuada