con emergencias seguía abierta en mi teléfono.
Entonces hice algo que debí hacer muchos meses antes.
Dejé de escuchar primero a mi madre.
—Valeria, te estoy preguntando a ti.
Ella tardó unos segundos.
Después señaló la llave que Teresa todavía tenía en la mano.
—Mi teléfono.
No entendí.
—¿Tu teléfono está ahí?
Valeria asintió.
—Desde la mañana.
Teresa soltó una risa seca.
—Porque no deja de distraerse. Había veinte personas que atender.
La frase me golpeó más que cualquier explicación.
No dijo que fuera mentira.
No negó haber