La cuenta no estaba a nombre de Adrian.
Estaba a nombre de una pequeña empresa de consultoría.
Pero el domicilio correspondía a un apartamento del centro.
El mismo apartamento que aparecía en uno de los recibos del hotel.
Llamé a mi hermano.
—Daniel, necesito que revises algo.
—¿Qué pasó?
—No quiero que me digas lo que crees. Quiero que me digas lo que encuentres.
Daniel era contador y sabía cuándo no hacer preguntas.
Dos horas después me llamó.
—Elena, ¿estás sentada?
—Sí.
—La empresa pertenece a Sofía.
Cerré los ojos.