A mis 55 años, me atreví a decirle que sí a un hombre de 28.

diez años.

Quizás nuestra historia perdure, quizás no.

Pero a los 55 años aprendí algo que no sabía a los 25.

No necesito saber cómo va a terminar algo para permitirme disfrutar de lo que tengo hoy.

Por eso me negué durante mucho tiempo a reunirme contigo.

Entonces acepté un café.
Tras varias semanas intercambiando mensajes, me propuso que nos viéramos.

Sin grandes expectativas.

Solo un café.

Acepté, pero elegí una cafetería tranquila y pública, y le dije a un amigo adónde iba.

Ese día, estaba más nerviosa que en