un arrepentimiento genuino.
—Vámonos, Naomi —me levanté, irguiendo la espalda encorvada por años de humillaciones—. No iremos a la policía todavía. Primero visitaremos al mejor abogado penalista del estado.
Tres horas después, en el despacho de Richard Blackwood, socio principal del bufete Blackwood & Collins, el caso estaba armado. Blackwood, un veterano de setenta años, revisó los informes de laboratorio, escuchó los audios y cotejó las transferencias bancarias a cuentas médicas fraudulentas.
—Señora Riley —dijo, quitándose las gafas con respeto profesional—, esto no es solo fraude. Es intento de homicidio