miedo de gastar y perder lo que ya sentía mío. Cada decisión hizo más fácil la siguiente.
No la abracé. Tampoco la insulté.
—Reconocerlo no borra lo que hiciste.
—Lo sé. ¿Algún día me perdonará?
—Eso le corresponde a ella, no a mí.
Lucía aceptó leer una carta, pero no verla. En esa carta, mi madre no pedía volver a la casa ni recuperar el dinero. Admitía que la había amenazado, aislado y tratado como sirvienta. Fue la primera vez que escribió la palabra “cáncer” sin llamarla mentira.v
Karla