y agotador, pero no pegué un ojo en todo el trayecto. En mi mente solo revivían los veranos en Cape Cod, el olor a salitre en el cabello de Naomi y su risa honesta en la cocina. Me costaba entender cómo había cambiado todo aquello por salones de mármol y sonrisas fingidas.
Llegué a Boston cerca de las siete de la mañana. Tomé un taxi hacia un barrio tranquilo en las afueras, donde se ubicaba una casa modesta de dos pisos con una galería de madera desgastada. La dirección del