pequeños dedos sosteniendo mi mano me quemaba la piel.
Activé la conexión satelital del teléfono y escribí a toda prisa:
«Naomi, por favor. ¿Cuál es la razón? Necesito saberlo. ¿Bella es mi hija?»
La respuesta tardó dos minutos agónicos:
«Es tu hija, Elliot. De pies a cabeza. Pero juré que jamás me acercaría a ti. Tu padre se presentó en mi taller al día siguiente de nuestra ruptura. Puso sobre la mesa una ecografía: supo de mi embarazo antes de que yo pudiera contártelo. Me advirtió que si tenía a