Su mirada era penetrante.
La miré de nuevo. Me moví un poco bajo las mantas del hospital, sintiendo el crujido de la bolsa de plástico que aún estaba bien sujeta contra mis costillas. Los paramédicos no la habían encontrado.
Dejé escapar un débil gemido, fingiendo un repentino dolor punzante, y me ajusté la bata del hospital. Al hacerlo, crucé la mirada con el detective Miller.
No dije ni una palabra, pero por un instante dejé caer la máscara. Le permití ver el terror puro e incontenible en mis ojos. Luego,