amor y firmara como si todo fuera normal.
Abrió el cajón de la mesa de noche y me mostró una carpeta con mi nombre.
Dentro estaban las escrituras de la mansión, pero también una letra pequeña venenosa: la casa no me pertenecía de forma definitiva.
Era una cesión condicionada a mi convivencia con Ethan y a la firma de un poder de representación sobre ciertos activos del fideicomiso conyugal.
En palabras simples, la mansión era el anzuelo.
Yo sería la cara tierna de un matrimonio conveniente, la cuidadora silenciosa y