intentó detenerme.
Solo dijo: —Si te vas, lo entenderé.
Si te quedas, te prometo que no volveré a ocultarte nada.
Tal vez fue eso lo que me hizo darme la vuelta.
Él también era una víctima.
Pasé la tarde con Rosa, la ama de llaves que me había enseñado a sobrevivir en
aquella casa, y con Tomás, el chofer que llevaba veinte años viendo los secretos de los Harrison por el espejo retrovisor.
Ellos no se sorprendieron.
Rosa dijo que en las mansiones la crueldad casi siempre usa perfume caro.