empezamos a encontrarnos a escondidas del ritmo rígido de la casa.
Yo le dejaba el café unos minutos más tarde para poder hablar.
Él me pedía que le contara cómo era el mercado de mi barrio, qué música ponían en las fiestas de mi calle, cómo olía la cocina cuando mi madre preparaba arroz con leche.
Yo le llevaba novelas viejas que encontraba en una caja del sótano y se las leía cuando el dolor de cabeza no le permitía concentrarse.
A cambio, él me hablaba de su abuelo, de