trataba lo que amaba: con precisión y con intención.
Cuando me quedaba con ella, hacía tortitas los domingos por la mañana.
Las hacía igual cada vez, en el mismo cuenco de cerámica, con la misma cuchara de madera más oscura en un lado por años de revolver. Las puso en los mismos platos azules, dos de los cuales estaban astillados
en el borde, platos que guardó porque siempre habían sido suyos y las patatas pertenecían a su historia.
La casa del lago era el lugar donde más se sentía ella