ella hubiera preguntado.
—Si no molesto.
Adrián dejó los documentos sobre la mesa.
—Puedes ayudar con la leña.
Gabriel sonrió apenas.
—Eso sí sé hacerlo.
Adrián caminó hacia la puerta y, por primera vez, Gabriel salió detrás de él sin sentir que estaba siguiendo a un desconocido.
No
eran todavía padre e hijo en la forma sencilla que Gabriel habría deseado.
Eran dos hombres aprendiendo qué podía construirse después de diecinueve años de una mentira ajena.
Y dentro de la casa, Isabel guardó las antiguas cartas en la caja metálica.