la policía judicial. Al preguntarme a qué familiar debían llamar para las autorizaciones médicas, negué con la cabeza con terror:
—A mi hermano no… Llamen a Sarah Kinn. Es mi abogada.
No confiaba en Marcus. Había presenciado las amenazas previas y no podía permitir que tomara decisiones sobre mi cuerpo ni sobre mi patrimonio mientras yo estuviera inconsciente. Sarah Kinn conocía cada folio de las escrituras, el seguro y los contratos comerciales.
Cuando abrí los ojos horas más tarde, me encontraba en la unidad de terapia intensiva con un tubo