la noche.
Sin mí.
— ¿Trajiste los documentos? —preguntó mi padre.
— Por supuesto.
Por la voz de Daniel supe que esta vez no estaba sonriente.
Unos segundos después, ambos entraron en la cocina.
Por la rendija entre el mantel y el suelo veía sus piernas.
Se sentaron uno frente al otro.
— No pienso firmar esto —dijo mi padre.
— Tienes que hacerlo.
— No.
Se hizo el silencio.
Al cabo de un momento, Daniel dijo:
— James, ya no eres joven. Cada vez te resulta más difícil ocuparte de tus propios asuntos. Estoy tratando