Pretoriana. No hay tarjeta negra. No había vigilante nocturno en el ascensor, una pistola bajo la almohada, por miedo a la intrusión de enemigos sindicales.
La campanilla de la puerta principal sonó alegremente, anunciando la llegada de la primera barcaza del amanecer.
Alzé la vista, esperando ver al cartero o a un vecino buscando pan fresco. Pero allí estaba Arturo, de pie en el umbral, sacudiendo la nieve de los hombros.
Mi corazón se detuvo un instante, empezó a latir dolorosamente y luego volvió a su ritmo constante. El miedo