de autobuses. No hay rastro de Nico. Se ha ido.”
Nico dejó la taza lentamente sobre la madera. Sus nudillos estaban blancos de tensión. De repente, recordó una conversación que había tenido con Arthur diez días antes, cuando estaban sentados en ese mismo despacho, hablando de su cansancio, y él pronunció esas palabras ominosas: “Si se va esta noche, no me importa. Cambiaré las cerraduras al amanecer y borraré su nombre antes del viernes.”
Arthur se levantó del sofá para mirar a su padrino, que no sintió miedo alguno, solo