del hospital.
Pero lo que ocurrió después fue todavía peor de lo que imaginaba.
Porque el secreto que me esperaba dentro de aquel apartamento no era suyo.
Era mío.
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Cuando mi esposa, Laura, dio a luz a nuestro quinto hijo, pensé que aquel debía ser uno de los días más felices de nuestras vidas.
El parto había sido agotador, pero todo parecía estar bien. Nuestra hija recién nacida estaba sana, Laura se estaba recuperando y yo pasé la mayor parte