Llegué al funeral de un cliente y reconocí de inmediato al hombre que llevaba tres meses diciéndome que estaba en el extranjero: era mi marido, sosteniendo una flor blanca y presentado a todos como el futuro marido de otra mujer. “No es lo que parece”, murmuró. Simplemente sonreí, guardé el móvil con nuestras conversaciones y esperé, porque al día siguiente serían ellos quienes vendrían a acusarme públicamente.

Daniela escribió con una cortesía impecable:

“Debido a una situación personal ocurrida durante el funeral de mi padre, solicito formalmente que la empresa considere sustituir a Mariana como directora de proyecto. Para nuestra organización, los límites profesionales son esenciales.”

No mencionó que “la situación personal” se refería a mi propio marido.

En cuestión de minutos, comenzaron a surgir rumores internos.

Un compañero me escribió:

“¿Es cierto que intentaste robarle al novio del cliente?”

No respondí.

A la mañana siguiente, Arturo, el director general, me llamó.

“Mariana, Daniela está muy alterada.