Daniel le habría dicho que era demasiado tarde.
Que todo se había hecho por la familia.
Que una buena esposa debía comprender.
Pero aquella mañana escuché su grabación.
Y por primera vez comprendí que cancelar una boda no era destruir una vida.
A veces era salvarla.
Un año después, encontré el sobre marrón mientras ordenaba documentos.
Dentro seguía el acuerdo sin firmar.
En la última página había una línea vacía junto a mi nombre.
La observé durante mucho tiempo.
Después la enmarqué.
No por resentimiento.
La colgué en mi despacho,