puerta, volvió a sentir olor a limpiador de limón.
Sonrió.
—No puede ser…
Entró a la cocina.
—¡Sorpresa!
Diego y Sofía estaban junto a la mesa.
Eran más altos.
La pasta seguía demasiado cocida.
La ensalada, por suerte, tenía menos sal.
—Ahora sí nos quedó mejor —dijo Diego.
Laura dejó su bolsa y se echó a reír.
—Eso espero.
Sofía se acercó y la abrazó.
—Lo hacemos porque nos gusta cuando llegas y sólo te sientas con nosotros.
Laura sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Recordó aquella