se quedó inmóvil frente a la puerta de la cocina, todavía con el uniforme azul del supermercado pegado al cuerpo por la lluvia.
Eran casi las once de la noche en Guadalajara. Había pasado más de doce horas entre cajas, clientes impacientes y un inventario que parecía no terminar nunca. Le dolían la espalda, las piernas y hasta los dedos, agrietados de tanto abrir bolsas y cargar mercancía.
Desde hacía cuatro años, su vida era así.
Trabajo. Casa. Dormir poco. Volver a trabajar.
Cuando su esposo, Ricardo, se había ido,